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 LA JUSTICIA POR LA MANO
 
  Los que más honrados son, allá en la villa,
me robaron toda mi blancura limpia;
mancharon de estiercol mis galas de un día,
y mi pobre ropa me la hicieron tiras.
 
  Ni piedra dejaron donde yo vivía;
sin casa ni abrigo, moré en las campiñas,
y en el campo al raso con liebres dormía;
mis hijos…, ¡mis ángeles!, que tanto quería,
murieron de hambre, que hambre tenían.
 
  – ¡Salvadme, jueces!- grité…, ¡tontería!
De mí se mofaron justicias vendidas.
-¡Ayuda, Dios mío!- gritando seguía…
De lo alto que estaba, el buen Dios no oía.
 
  Los miré con calma; con mis manos rígidas,
de un golpe, ¡uno solo!, los dejé sin vida;
y me senté a un lado, cerca de mis víctimas,
tranquila, esperando el día.
 
  Entonces…, entonces se hizo justicia;
yo, en ellos; las leyes, en mi mano altiva”.
 
 
 Rosalía de Castro, “FOLLAS NOVAS”, 1.880.
 
Transcrito por “El pobrecito escribidor”.